A lo largo de la historia del cine han sido numerosos los films que se han preocupado de tratar el tiempo como eje central de la narración. Así, se han sucedido películas que trataban acerca de lo que sucedía en un único día: Snake Eyes (1990, Brian de Palma), lo que sucedía en una tarde sin ningún corte temporal; La soga (Rope, 1948, Alfred Hitchcock), las pequeñas variaciones que en un tiempo limitado hace que todo cambie; Corre , Lola, corre (Run, Lola, Run, 1998, Tom Tykwer), o el paroxismo de esta última premisa; Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, 1993, Harold Ramis). Incluso se ha rodado la más obsesiva obra de la historia a fin de “atrapar el tiempo”: Boyhood (2013, R.Linklater), rodada a lo largo de doce años y mostrando el crecimiento de todos sus personajes.

El tiempo en el cine

Boyhood

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Cuando Tarkovski, en su indispensable obra Esculpir en el tiempo, hablaba del oficio del cineasta, establecía una comparativa entre el oficio del escultor y el suyo. Si el escultor tenía que dar forma a un gran trozo de mármol, él debía hacer lo mismo con el tiempo. Así reflejaba una de las grandes premisas sobre las que se ha basado la cinematografía en estos más de cien años de vida, en que el cine es el arte de la condensación temporal. Un director recoge en el tiempo sucesos que lo llevan hasta un final de la historia, sucesos construidos en un tiempo determinado y no necesariamente correlativo, que hagan que la historia posea un principio, un nudo y un desenlace, aunque no necesariamente en ese orden, como diría Godard.

Éste, en 1963, llevó a cabo un experimento formal, aunque en apariencia no lo fuese, con respecto al tiempo en El desprecio (Le mèpris). En el film, la hermosa historia de una pareja, protagonizada por Brigitte Bardot y Michel Piccoli, se ve truncada en lo que dura un parpadeo, un único gesto que hace que cambie para siempre el amor que siente ella hacia él transformándose en un absoluto desprecio. El efecto mariposa llevado a su máximo exponente. En la película, como en todo Godard, brilla la propuesta formal desde el uso cromático que establece el rojo como peligro o el amarillo como posesión, hasta la estructura misma del film, donde la desnudez del comienzo está íntimamente relacionada con la claridad del amor que siente el personaje de Brigitte Bardot hasta poco a poco volverse tan opaco que el espectador no sabe ni qué siente ella.

Tiempo en el cine

El desprecio

Esto la asemeja a Te querré siempre (Viaggio in Italia), de Roberto Rossellini. Además del hecho circunstancial de ser una pareja extranjera en Italia, ambos films hablan de ese momento en que todo se va al traste y no se sabe ni cómo ni cuándo ha sido, ni siquiera los propios protagonistas de la historia lo saben a ciencia cierta, tan real como la vida misma, muy lejos de la explicitud de Jude Law en Alfie (2004), cuando expuso una escena de la rotura de una copa como ejemplo de que todo el mundo sabe el momento exacto cuando se va al traste una relación.

Detener el tiempo, atraparlo… es misión imposible tanto en el cine como en la vida. Tanto Michel Piccoli como Ingrid Bergman buscan a lo largo de ambos films una causa ante tanto desasosiego y solo encuentran recreación de las ruinas que asolan relaciones perdidas. Éstas, explícitas en el film del director italiano y extralingüísticas en el film del director francés, establecen un diálogo con los personajes y con la narración de la historia en sí, siendo testigos temporales de un tema atemporal, el fin del amor. Ruinas esculpidas con cincel, films esculpidos en el tiempo, volviendo a Tarkovski. Para Roberto Rossellini, que en ese momento se estaba separando en la vida real de Ingrid Bergman, el final de su film, de un modo bastante caústico, es que su relación solo podía salvarla un milagro, para Jean Luc Godard solo un final deus ex machina podría dar respuesta a lo inexplicable. Formas de tratar de atrapar el tiempo, pero… ¿quién atrapa un parpadeo?

El tiempo en el cine

Te querré siempre

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THE END MAGAZINE

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JOSÉ Y JESÚS
COLABORADORES SIN FINAL EN EL GUION

José Mª Arroyo y Jesús Mármol son los directores de la ciber-revista de cine Sin final en el guion. Amigos desde el instituto, a veces parecen una compenetrada y violenta (a nivel cómico-intelectual) pareja de película sacada de la mente de Billy Wilder, Berlanga y Tarantino. De diferentes gustos cinematográficos, capaces de adorar a Godard, Browning, Raimi, Von Trier, Visconti, Saura, Spielberg... Para ellos el cine es una necesidad.

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