La primera vez que vemos a Pennywise en It (2017) es en una alcantarilla bajo tierra, escondido de tal manera que solo su presa, Georgie, lo puede ver. La mirada que le lanza y le sostiene es una hambrienta y lujuriosa, que parece fantasear con el sabor del niño (o con el sabor de su miedo). Con tan solo verlo e imaginar, quizás, el momento de su captura, a Pennywise se le escurre una fuente de babas y se saborea sin quitarle los ojos de encima. Todo el cine se asusta.

En las muchas conversaciones al día que tengo sobre el feminismo y sobre las situaciones incómodas por las que pasa una mujer en su cotidianidad, mis interlocutores parecen estar de acuerdo conmigo en muchos aspectos, pero cuando menciono que una de esas situaciones incómodas es ser el sujeto pasivo de miradas violentas, la empatía se reduce. Me dicen: “todo el mundo tiene derecho a mirar”, “eso es el libre desarrollo de la personalidad”, “seguramente tú también te volteas a mirar a los hombres”, “mirar no es un delito”, etc.

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Aunque no es necesaria una película de terror para caer en la cuenta de esto, It lo plasma muy claramente: no todas las miradas son inofensivas, porque no todas las miradas contienen el mismo significado. Veamos el caso de Beverly Marsh.

Pese a tener un cuarto propio, Beverly solo encuentra resguardo en el baño –podemos imaginar que si su padre revisa su cajón de ropa interior, su cuarto no es realmente suyo, y en él no se siente segura–. Allí lee el poema de su admirador secreto, allí se encierra para escapar de –y luego enfrentar a– su padre, y es también en el baño donde, cuando está a solas, la llama It por su nombre. En el baño del colegio, por ejemplo, se esconde para fumar y se refugia de las otras niñas que la acusan de ser una “perra” y de ser una “mierda”.

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Cuando del lavamanos surge la voz de It es para apelar directamente a ella, pues el susurro del nombre demuestra que la representación del miedo está hecho a la medida de cada uno. La escena del baño inundado de sangre sumado al ocultamiento instintivo de la caja de tampax que compra por primera vez, indica que la forma que toma It para representarse ante Beverly es una metáfora de su miedo a la menstruación, del miedo al abuso sexual de su padre y, en últimas, del miedo a convertirse en mujer. Beverly, como mecanismo de autoconservación, como manera de huir del miedo, intenta parecer un niño para desagradarle a su padre que, por cierto, la mira con la misma hambre con la que Pennywise miraba a Georgie al principio de la película –la cara de su padre, recordemos, es la última forma que toma It antes de que Bev le dé la estocada final que lo manda de vuelta al pozo–. Ambas miradas contienen hambre y retratan un afán instintivo de estar viendo algo –no alguien– que se puede comer.

Cosa distinta sucede con la pandilla en la escena en la que, mientras Beverly toma el sol a la orilla del río, los niños se quedan boquiabiertos mirándola. También ellos se emboban contemplando su belleza, sí, pero tan pronto ella los sorprende en esa acción, se avergüenzan, se voltean, miran para otro lado. Con esa vergüenza, los niños demuestran que estaban mirando a alguien, que ese alguien es su amiga y que esa amiga no es solo un cuerpo destinado a saciar su hambre o sus deseos.

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En cambio, la mirada violenta y penetradora del padre es lo que hace que Bev se corte el pelo y tema ser mujer. “Why did you do this to your hair? You look like a boy”, es lo que le reclama mientras Bev está acurrucada, muerta del susto, empapada en sangre. ¿Cómo no temer cuando la amenaza de violación es inminente, y si esa violación empieza, justamente, con la mirada aterradora, desorbitada, inhumana?

Aunque Beverly afronta su miedo sola y es, junto con Bill, las más valiente de la pandilla de los losers, la lección que imparte It (y que ella comprende y comparte con todos) es que no basta el esfuerzo individual para lograr vencerlo. Hace falta que lo enfrenten todos juntos. De hecho, después de que su padre alega no ver el baño lleno de sangre (y no lo ve, suponemos, por su incapacidad de empatizar con el miedo de la niña, al igual que ocurre con el resto de adultos de la película) son sus amigos quienes le ayudan, con calma, a limpiarlo. Lo que solía ser un trauma y un miedo se convierte, por medio del esfuerzo comunal, en el momento más tranquilo y apaciguador de la película. Y tiempo después, en una escena que culminará en ese mismo baño, Beverly es capaz de gritarle a su padre que ya no es sulittle girl”. El triunfo de la pandilla sobre It es a la vez la reconciliación de Beverly con su feminidad.

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It sirve para recordarnos que las miradas depredadoras son reales. Las miradas abusivas que terminan en violaciones son reales también. Y no siempre ocurren en el fondo de una alcantarilla, sino que con mucha frecuencia ocurren a plena luz del día, a los ojos de todos y a los oídos de todos. Que mis interlocutores no se hayan percatado de eso solo puede explicarse con que estén tan abstraídos de la realidad como los adultos de Derry. El miedo que producen esas miradas se puede combatir, sí, con el enfrentamiento individual de cada mujer que las padece. Pero la erradicación y el triunfo sobre el miedo solo ocurrirá si le damos palo entre todos.

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