Después de 5S, el día en que Colombia ganó en el Monumental, llego el 18J, y la corrupción social que nos desbordaba ya en esas épocas se vio desnudada por Gheorghe Hagi y su banda de rumanos en USA 94. Graduación (Bacalaureat, 2016) es el espejo creado por Cristian Mungiu para desde los Cárpatos para volver a quitarnos la ropa.

 

Romero (Adrian Titieni) es un cirujano cincuentón que comparte techo con Eliza (Maria Dragus), su hija, y Magda (Lia Bugnar), su esposa, —no se le puede llamar familia a eso—. Sus cotidianidades se ven perturbadas cuando los haberes de la familia comienzan a ser vandalizados y Eliza padece un asalto. Estos hechos afectan seriamente el puente, cuya materia prima es la propia vida de Romeo y Magda, que sacaría a Eliza de ese horripilante conjunto habitacional del otrora Segundo Mundo rumano. El ajuste de cuentas con la vida salta y los dilemas morales también.

La tranquilidad del desesperado

La cámara siempre a la altura de nuestra visión, y que respira en los diálogos, y una paleta de colores, cuyo filtro hace creer que no hay tal, son las declaraciones estéticas de Mungiu. Proclaman cercanía. El retrato en el que uno se siente al ir a la casa de un pariente lejano es lo que palpamos a vernos en Rumania. Una proximidad presentada también porque al director de Graduación le ha dado por homenajear con este film a Haneke y físicamente vemos a Maria Dragus —Klara en Das weiße Band— mientras cinematográficamente impone el elemento por fuera de cámara que amenaza y rompe tensión superficial de Caché (2005). La escasez de adornos, de vanidad fílmica, propuesta es lo que impulsa la potencia del mensaje que nos quiere dar el rumano.

Mungiu nos habla de los valores éticos, del llenarnos la boca para criticar a los corruptos, cuando en realidad las sociedades están corrompidas por la materia prima de sus dirigentes: el componente esencial de toda sociedad, los ciudadanos. En Graduación, el omnipresente Romeo, aparece en todas las escenas, y las relaciones que tiene con las distintas mujeres que le rodean son los mecanismos para expresarse del director. Entonces, Magda vive en un permanente estado depresivo, ella es una de las caídas en el combate moral de su país. El matrimonio que ella tiene con Romeo se sostiene por cuenta de Eliza, en el intento de darle estabilidad emocional a la adolescente. Sandra (Malina Manovici), la amante de Romeo, es una madre soltera incapaz de presentarle a su propio hijo. Una relación de la que él saca partido cómodamente por la permisividad de ella ante su falta de definición. Los primeros planos se quedan con partes de la durísima realidad circundante de este triángulo amoroso donde el agite de la respiración no proviene de debajo de las sábanas. Sus contemporáneas.

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Graduación

Romeo, Magda y Eliza en Graduación

A su vieja madre, el galeno la oye; pero no la escucha y menos hace caso; y sin embargo, la sigue cuidando, queriendo y hasta extrañando, como si estuviese ya muerta. Con su hija adolescente, la niña de sus ojos, la deformación profesional es evidente y en consecuencia Romeo siempre está haciendo lo que considera mejor para ella; hace todo menos escucharla, menos dejarle vivir por sí misma. Y es que Eliza es la redención de Romeo, ¡y de Magda! Aunque en dicha redención sea luego Eliza la quemada. El plan para sacarla a ella de Rumania y llevarla a Londres becada por cuenta de su excelencia académica pasa por los exámenes finales, que deben ser cuasi perfectos. El chequeo de realidad para Romeo y sus valores morales llega con estas pruebas. Él se afana cuando Eliza no le escucha cuando debe ser más consciente de lo que ella ve, de ejemplo que se le da. Como insinúa Rubén Blades en Adán García le vemos a Romeo con su caminar lerdo, le oímos con su voz pausada mientras estresa las situaciones, y fuerza los acontecimientos. Cada uno es corrupto en la medida de sus propias posibilidades nos recuerda Graduación por cuanto Romeo se hace prueba de ello al no dar ni recibir dineros —y juzgar a los que sí—; y sin embargo, el amiguismo y contactismo son aguas del mismo río.

Las respuestas

Además, él, como los demás líderes de su sociedad, es sordo a sus viejos y ciego ante las capacidades de sus jóvenes. La desconexión entre los ideales generacionales es patente. Como por igual sucede con los operarios. El policía que hace su trabajo solícito y pronto, la enfermera que le permite al médico ser funcional, el portero que se apega a la ley —precisamente están hechas para los casos extremos—; que aunque en ocaciones, sobre todo cuando nos toca, luce ineficaz y tonta. Mungiu lleva el metraje por esos personajes, y aunque los sigue manteniendo como “segundones” su importancia resalta por contraste con sus superiores.

Graduación

Eliza el día de su Graduación

Graduación

Escena de Graduación

Las referencias a Haneke son evidentes, y Mungiu se juega la carta del optimismo; no obstante. Después de llevarnos por la desazón, el autor —escribe también esta pieza— expone un justicia incipiente y carente de formas en los más pequeños, y en los fotogramas finales se notan las esperanzas que tiene precisamente en las generaciones venideras y en la educación que se les pueda brindar. Presenta una escena de caras sonrientes circundados por bandera de su país en una tarde de sol brillante donde los más viejos toman las fotos. Porque, aunque el lazo que los une al pasado está allí, la película apuesta por no mostrarlos atados a viejas mañas y sí contestatarios a ellas. Es decir, lo perverso que había en el viejo sistema se ve, deja de ser normal: se anormaliza. Siendo esta última, de alguna manera, la forma de agradecer a la generación a cargo el trabajo de transición que hicieron.

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Hace diez años Cristian Mungiu había ganado la Palma de Oro con 4 meses, 3 semanas y 2 días donde con lenguaje cinematográfico posmoderno, ese que paraliza ante tanta realidad mostrada y cuyo mensaje más poderoso viene de su estética falsamente amateur, ya nos hablaba de lealtades entre amigos, de relaciones familiares complejas y de la ética que hace maromas para sostenernos como conjunto de animales que pretende vivir en sociedad. El año pasado el autor rumano repitió los ingredientes, pero varió la proporción de los mismos, y haciéndose menos duro en lo expuesto logró ser más fuerte en el mensaje para así irse con el premio a Mejor Director en la Croisette. Con su manera, el rumano permite desnudar las risibles en tanto cínicas superioridades morales tan de moda en la teoría de hoy en día.

THE END MAGAZINE

About The Author

JUAN CARLOS LEMUS
EDITOR RESEÑAS Y DOSSIER

Soy un colombiano que cada vez entiende peor el porqué de nuestro top of mind: Shakira y el perico. Mas entender no es compartir. Y menos aceptar. Ingeniero por confusión, MBA por necesidad, filósofo, mountain biker y amigo de curiosidad. La que me hizo melómano, lector y cinéfilo. La que trajo las ganas de probar el mundo. Así se llega a un par de cosas que dejan a los sentidos disfrutar, como escribir tratando de no perder la elegancia en ello.

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