En las salas del país una película irregular que se mueve entre las relaciones afectivas más fundacionales de los humanos: las amorosas y las familiares. Unas líneas prometedoras se convierten en un verdadero desastre y un elenco atractivo termina siendo uno absolutamente disfuncional. 

 

Las últimas películas gringas, hechas a una cierta distancia de las grandes corporaciones, que he visto (Humpday, Nobody walks, Sightseers, Free Fire, Swiss Army Man) han tenido algo en común: me han desencantado. Juntas parecen amarrarse a una noción de cine hoy bastante popular, acomedido e insípido, que se aventura a deambular por varios géneros, para terminar siempre en la construcción de una supuesta comedia dramática. Dentro de este grupo de películas llega La amante de mi padre, cuyo título original es The only living boy in New York. La traducción es todavía un misterio.

Esta película es el quinto trabajo de Marc Webb, un realizador que, aparentemente, vive su cuarto de hora. Quedó recordado, con relativo éxito, por 500 días con ella, una película que en su momento no me pareció la gran cosa, plagada de un melodrama que dejaba infiltrar la comedia, pero donde todo se sentía soso, artificioso y edulcorado. Además, tiene en su haber dos títulos del universo Spiderman.

 

La amante de mi padre

Callum Turner y Jeff Bridges

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En cualquier caso, esta película quiere hacernos creer que estamos ante un Webb serio, que toma un tema “hondamente humano” (las relaciones amorosas) y lo disecciona a cabalidad. Lo que termina por dejar ver es una total falta de atrevimiento y una asustadora falta de sensibilidad del director, quien deja que se le escapen los momentos valiosos y queden olvidados al tiempo que se cambia de plano. También un dudoso marco de referencia que incita a preguntarse de dónde saca estas ideas el señor Webb sobre las relaciones que vemos en el película (las amorosas como eje central, pero las familiares como ejemplares y edificantes), de dónde saca él que las cosas funcionan así. Una vez más se siente todo artificioso y engañoso.

La concepción narrativa de la película sí resulta interesante: en el devenir de los días, un joven con aspiraciones artísticas, se siente atraído, física y emocionalmente, por la amante de su padre. Lo que pasa después con el rollo narrativo es simplemente un delirio trasnochado y termina por reducir a poca cosa la totalidad de la pelicula. Esa concepción de la narración, en un principio, le permite explorar el laberíntico proceso del tránsito entre edades, de la adolescencia a la adultez en este caso, pero insistimos que lo que consideramos esencial a Webb se le escurre de las manos.  

 

La amante de mi padre

Kate Beckinsale

La película parece defender una idea muy tonta: la posibilidad de conocer el mundo se hace solamente a través de experiencias sexuales. Ese juicio, en principio desesperanzador y ciego, crea una película que está convencida de llevar, ondeando alto y con orgullo, una bandera de atrevimiento en lo moral, pero en ese lado no hay tacto, solo juicios apurados e insuficientes. Nos dejan un protagonista desamparado en su propia ceguera con su alrededor y sin cualquier intercambio con lo que, en potencia, puede cambiar su mundo radicalmente; hostilidad e impaciencia en sus imágenes; indiferencia y molestia por los actores y los diálogos que encarnan. Ni siquiera una Beckinsale, que ya hemos visto luminosa y atrevida en la películas de Stillman o una Nixon acojonante, como la vimos en la última de Davies. Bridges, que hace de vecino-mentor, y que para el final tendrá un rol “relevante”, solo sirve para sacar al aire lo que Webb se rehúsa a pensar en imágenes, el actor mismo se convierte en un mecanismo perezoso. Y ni hablemos de Brosnan porque, más allá de ser el primer enamorado de la flamante “otra mujer” de la película y que en su rol de padre del protagonista es quien pondrá la (inexistente) tara moral y hará que, supuestamente, el espectador se revuelva en su silla, no veo su importancia o relevancia.

Con la pretensión como su gesto más notorio y con el desdén como engranaje de la película, uno creería que ya nada puede salir peor, pero atención porque a este tipo le gusta superarse. El final no deja nada más que decir que el silencio. Perdieron ellos y también nosotros. Ganó el comercio.

 

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