“El hoyo, profundo y oscuro, su oscuridad ha durado desde los viejos tiempos”. Con este prólogo da inicio esta última retrospectiva y la película que podría calificar como la mejor pieza cinematográfica del director japonés Kaneto Shindo. Onibaba (1964); que significa “mujer demonio”, es una parábola cuyos orígenes derivados del Budismo Shin, provienen de su fundador y autor Rennyo Shonin. La idea, -creada para advertir a suegras de tratar mejor a sus nueras-, cumple de forma espeluznante su labor, revelar la debilidad de todo ser humano, la carne.

Shindo, más conocido por películas sobre los estragos de la post-guerra; Los Niños de Hiroshima (1952), La Isla Desnuda (1960) y Ningen (1962), cambió de curso repentinamente cuando realizó Onibaba. Impulsado por el instinto de supervivencia, aquella fuerza animal que lo mueve todo, el sexo, Shindo nos sacude con esta historia entre dos mujeres, cuyos nombres aparecen en los créditos como: Mujer Anciana (Nobuko Otowa) y Mujer Joven (Jitsuko Yoshimura). Mientras madre y nuera esperan a que acabe la guerra para que su único hijo/esposo regrese, ambas se ven obligadas a robar y matar para poder sobrevivir.

Como un drama de horror histórico, la película remonta hacia la época de la guerra civil japonesa, del siglo XIV, en un vasto pantano cubierto por pasto susuki. Esta locación la cual fue difícil de hallar, (tras un arduo scouting el equipo finalmente topó con el Lago Inba-Numa, aunque antes tenían pensado rodar cerca del Monte Fují), para el director era crucial este escenario ya que simbólicamente representa la naturaleza en contra del hombre y aquel vacío existencial que deja la batalla. Éste inhóspito lugar funcionó a su favor, al ayudar a mantener al equipo presente siempre en locación. Siendo una producción de bajo presupuesto, pre fabricaron unas casas dónde se hospedaron durante los tres meses y medio de grabación.

El guión, escrito por el mismo Shindo, fiel a la esencia de la obra, se complica cuando aparece Hachi, (Kei Satô) un guerrero que escapó de la batalla y vive en las cercanías. Invadido por la humedad y el calor, el hombre atraído hacia La Mujer Joven, la pesca como carnada. La Mujer Anciana, sospechosa del amorío trata de evitarlo, pero los celos y la amargura despiertan los espíritus de la oscuridad. Envueltos psicológicamente en este vaivén de diabólicas emociones,  la senectud y la juventud, la vitalidad de la energía sexual, pero sobretodo la impotencia al carecer de ésta, crea un tifón entre las dos mujeres y aquel hombre.

Con una pulida cinematografía de la mano de Kiyomi Kuroda, con quien ya había trabajado antes junto a Nobuko para The Naked Island (1960). Debido a que la película es en blanco y negro, alteraron la imagen para poder convertir el día en noche, -lo cual con una película a color era imposible de lograr-. Rodada mayormente durante el día y con cielos despejados, para las escenas en interiores, el equipo cubrió con pantallas la choza para también simular la noche. Otro efecto curioso que les ofrecía el blanco y negro es que, con el uso de luces, el cielo se oscurecía y el pasto se aclaraba y al evitar estas, lo opuesto ocurría, creando un contraste y al mismo tiempo una inversión del color de la imagen y de la mirada de Shindo, la cual destella imponentemente entre brillos y siluetas.

Grabada en 35 m.m, la cinta además sorprende por la destreza de la cámara, que con enriquecedores encuadres genera múltiples puntos de vista: desde primerísimos primeros planos que recuerdan el estilo spaghetti-western que tanto imita Tarantino, hasta tomas en cámara lenta, donde la brisa y el pasto se pueden apreciar bamboleándose detenidamente entre la lujuria y el llanto. Para el director, quien no es partidario de hacer ensayos con actores, el rodaje fluyó de forma continua y sin interrupciones, -aparte de la cantidad de insectos que los invadían permanentemente y el insoportable calor-, el equipo, motivado por el director, (quien acordó pagar sólo a quien se quedara hasta el final), impactó de manera rotunda con esta maravillosa y clásica obra.

La dirección de arte a cargo del mismo cineasta, quien tinturó y diseñó el vestuario de las dos mujeres, no le quita mérito a los ocho asistentes que ayudaron a montar el espacio y crear dicha atmósfera. Al igual que la película de terror Ringu (1998), un pozo, o en este caso un agujero, eran requeridos para la producción, de tal modo que lo falsearon sobre la tierra -ya que al encontrarse en un pantano, no les facilitaba cavar. A su vez, varias cañas fueron trasplantadas para crear un look que pudiera satisfacer las expectativas del director, entre estas, -un árbol (el falo), el cual antes de comenzar el rodaje, este lo vio en el camino y decidió traerlo a la locación-, creando una película atrapada en el tiempo, en este primitivo e inmaculado lugar, en el que el ser humano es reducido a su lado más bestial.

Por otra parte, la típica máscara Hannaya, mandada a hacer especialmente por un experto en Kyoto; contiene una expresión, la cual varía entre la tristeza, la rabia y el miedo, que hasta el día hoy, no me deja de atormentar. Con una mirada de ojos saltones, cuernos y una macabra y delirante sonrisa, la máscara toma posesión de las fuerzas inconscientes que sueña con poder ser liberado de ésta. El resto de elementos de vestuario forman parte de la cultura oriental; pesadas armaduras, espadas y cascos, contextualizan el periodo en que se encuentran los personajes. Siempre manejando temáticas sobre los sueños, la espiritualidad, lo sobrenatural y los fantasmas, Shindo condena sin perdón ajeno, las acciones del hombre las cuales se pierden en el temeroso horizonte.

La música compuesta por Hikaru-Hayashi, quien también produce con su voz cánticos típicos o gritos utilizados en el teatro-NOH -de donde provienen las raíces del drama y el baile- con tambores Taiko, golpea al ritmo de un delirante y esquizofrénico jazz. Otro sonido que también se apodera del escenario y cabe resaltar, es el aleteo y ronroneo de inquietantes palomas que durante los desaforados encuentros sexuales, toman el control, sumado a la magnífica edición de Toshio Enoki, la cual persigue de forma incongruente a la acción.

Aunque no es la típica película a ser censurada, ya que no maneja mucha sangre ni gore, sí contiene el ocasional desnudo frontal; que artísticamente se justifica a la trama del film. Unido a esto,  el maquillaje inspira tanto temor como calor, que envuelve las vidas de estos personajes, en el que claramente se ve el enfoque del director, al mostrar las quemaduras y cicatrices que marcaron a su tierra (con la bomba de Hiroshima) y las muchas víctimas de la post-guerra que no han podido liberarse del trauma tan inmenso que dejo aquella máscara, la cual a gritos suplica: “¡Soy un ser humano!”

Con una metáfora, Shindo expone cómo el ser vive al filo del precipicio, en el eje de la existencia, del tiempo y de sus propios anhelos, los que eventualmente  conducirán a la oscuridad y a su imperdible fin. Onibaba siendo una poética y aterradora legenda, parte historia y fábula, despierta un temor innato en todos nosotros; de cómo el deterioró, la sequía de la carne y por ende de la tierra, provienen de la raíz del miedo, de la envidia y de la tristeza; emociones que no se pueden evitar y que llevan directo a aquel vacío conocido como la muerte, un salto que definitivamente recomiendo tomar, al ver ésta película.

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