Señorita María, más que un relato clásico, es la poesía en clave documental acerca de un personaje sensible y solitario que habita en la falda del monte boyacense. 

Hay cosas intraducibles y cosas que no necesitan traducción porque atraviesan cualquier montaña 

Rubén Mendoza

TROCHA

Para ver Señorita María de Rubén Mendoza no hay que ser boyacense, tampoco hay que ser del campo ni ser colombiano. Basta con sentarse a sentir la montaña en una pantalla. Allí hay un personaje sumergido entre el monte que se desentraña con imágenes y que camina oronda sin mirar atrás, ni develar de antemano la cantidad de guardados e historias dolorosas que alberga su alma.

Se oye la música de la banda municipal de Boavita, Boyacá, que no suena más que a pueblo y a pelados de camisa blanca tocando bombos y bombardinos más grandes que ellos mismos. La cámara nos recoge abajo, empotrada delante de un carro que seguramente conduce Mendoza, el director; se abre paso y se adentra en la montaña por un camino donde cruzan serenos los seres cotidianos con sus ruidos campesinos: las ovejas, una vaca, la Señorita María. Esta introducción toma con serenidad el tiempo, es el tiempo del campo, de las veredas con pasto alto y alambre de púas con telaraña brillando al sol. Un lugar donde los ritmos son diferentes a los de la ciudad, donde el tiempo definitivamente corre más despacio. “No hay cine lento, hay espectadores con afán”, creo que dijo alguna vez Rubén Mendoza.

Señorita María Luisa inmersa entre los árboles.

Campesina, de falda colorida y andar firme, María Luisa Fuentes Burgos cocina a leña, es jornalera experta, conocedora de las labores del campo, casi analfabeta, tierna y creyente de Dios. Tiene un pelo largo y negro que parece indígena, y rasgos fuertes como sus brazos y su espíritu. Menciona a Diosito con frecuencia y se aferra a él para calmar sus dolores que no son pocos; sin embargo, es valerosa y no se detiene a derramar lágrimas por el camino, aunque a veces se le escape una que otra porque en medio de su fuerza, es una mujer sensible. Todas las mañanas se afeita para estar bonita y atractiva, si no lo hace, una densa barba poblaría su mandíbula cuadrada: la señorita nació con el cuerpo de un hombre pero con un alma tan femenina, que cuando habla se ve en su mirada una delicadeza mayor que en cualquier otra mujer. Una aparición de la virgen María, cuando pequeña, fue la que llevó a la señorita a vestirse como mujer —yo me quiero ver así de bonita como ella—. Algunos le han propuesto sexo por negocio, y aunque en su romanticismo ha soñado con caricias, jamás vendería su cuerpo por plata.

Por Señorita María, Rubén Mendoza recibió el premio a mejor director en el pasado Festival de cine de Cartagena de Indias FICCI 57. También obtuvo el premio Zonta Club en el Festival Internacional de cine de Locarno.

POESÍA

La poesía tiene formas diferentes de ver y de narrar, es todo lo que no se puede explicar desde la razón, muchas veces no necesita explicación ni se propone darla. Aquí Mendoza se sentó a conversar, a tomar tinto con panela y a descubrir un personaje que vivió en el monte circundante del pueblo de su niñez; en esa torre de Notre Damme boyacense de donde bajaba ella para que los niños se burlaran y el común la convirtiera en un personaje mitad misterioso mitad simpático. Un personaje rechazado por las señoras beatas y sus santos, pero que también reza y adora. En el documental también cabe la poesía montañera, las metáforas y las figuras literarias, que en este caso son figuras cinematográficas, estéticas, fotográficas. Los planos vienen pintados con la luz que se mete por entre las ventanas de la casa de la señorita en las mañanas frías, y que es el mismo Rubén quien los atrapa con su cámara, sin grandes equipos ni decenas de personas cableando la locación. La poesía como la pintura es un oficio solitario. Nada más ver el cartel de la película evoca más pintura que cine, más poesía que relato.

Antes de su estreno en salas, Señorita María hizo parte del festival de documental más importante del mundo, el Festival Internacional de Cine Documental de Amsterdam -IDFA- en la sección Best of Fests.

DIOSITO

Diosito está surcando la película de un lado a otro, la señorita lo quiere con fervor, y aunque desearía que el padre lindo la hubiera hecho lucir como mujer, jamás lo culpa de sus angustias. “Que es un castigo de Dios a sus padres porque eran primos”, “que su mamá fue violada cuando chiquita y su abuelita fue quien lo crió”, dicen en el pueblo entre susurros cuando la ven pasar. Los habitantes de Boavita son en sí mismos un personaje coral y multitudinario, una muchedumbre católica que se muestra poco a poco como un murmullo rezandero, que siempre está celebrando con barullo las fiestas de algún Jesús, de alguna María pero no de María Luisa Fuentes Burgos. Boavita parece una caricatura, pero no lo es. Dios, como los superhéroes de la ficción, es quien queramos que sea; la señorita María quiere que Dios sea un ser comprensivo y bondadoso que la acompañe en su camino ayudándola a no zozobrar cuando la chiflen en el pueblo o se burlen de ella, entonces ese es Diosito.

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ESPÍRITU MALIGNO

Como un designio maléfico, descubrimos en medio de la historia, un acontecimiento repetido. La señorita María con cierta frecuencia es víctima de convulsiones y episodios que la ponen fuera de sí, una posesión demoníaca parece ser la causante de tan extrañas conductas. Los vecinos más cercanos hablan de un castigo divino, o un espíritu que ha tomado dominio de su cuerpo. Cuando las violentas sacudidas la sobrecogen, la señorita se derrumba en el suelo, blanquea los ojos y escupe babaza como diablo, justo antes de perder el conocimiento. Las autoridades médicas de Boavita detectan inmediatamente un cuadro no atendido de epilepsia.

Acompañando este momento de su vida, la película la hace hablar y nos arroja al momento más duro del relato, la secuencia de la madre estremece y sacude, es absolutamente desoladora: deshecha en llanto, la señorita revela ante la cámara el dolor de su pecho por la ausencia absoluta de sus padres y por su niñez abandonada. La vemos deshacer su fortaleza sobre el cielo boyacense y se derrama por sus mejillas toda la soledad que guarda por dentro. Para la señorita María, la montaña y los animales han sido siempre su única compañía.

Editado por Juan Carlos Lemus Polanía

Señorita María, poesía montañera
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