Star Wars, episodio VIII: Los últimos Jedi, no refleja el espíritu de la saga y sin embargo, marca un nuevo camino nada agradable para la franquicia

 

Al comienzo de Star Wars, episodio VIII: Los últimos Jedi (Star Wars: Episode VIII -The Last Jedi, 2017, Rian Johnson), aparentemente todo es normal, como cualquier otra cinta de la saga. Un detalle que el público no nota a la primera es que la frase “En una galaxia muy, muy lejana”, aparece con la misma tipografía de siempre pero con un tono azul más oscuro que el de las entregas anteriores. Si bien esto puede no ser trascendente o quizá se deba un error de la copia que vi, lo cierto es que el filme aparenta ser la despedida de todo lo que construyó George Lucas en el muy, muy lejano, 1977.

La anécdota que cuenta no se aleja demasiado de lo que se ha venido contando en las cintas anteriores de la trilogía. La chatarrera Rey, que en el filme anterior se dirigió a buscar a Luke Skywalker, en esta ocasión trata de convencerlo de regresar a entrenar a una nueva generación de caballeros Jedi, mientras su compañero Finn, en compañía de Poe Dameron, intentan ayudar a los rebeldes a escapar de un ataque del renacido Imperio.

De entrada, hay que reconocer que no es la peor cinta de la saga de Star Wars, pero tampoco es “la mejor desde el episodio V”, como han venido cantando los críticos norteamericanos. Estamos ante una cinta divertida, de mediana realización, que intenta ser tan trascendente como lo fue Star Wars: Episodio V – El imperio contrataca (Star Wars: Episode V – The Empire Strikes Back, 1980, Irvin Kershner), pero por desgracia, Rian Johnson no es ni la mitad de buen guionista que Lawrence Kasdan, quien sabía a la perfección crear diálogos tan interesantes que han quedado grabados en la memoria colectiva, como el clásico, “yo soy tu padre”. Si bien Johnson es un realizador eficiente, que puede, visualmente, crear momentos hermosos, como el efecto espejo de Rey al ser tocada por el lado oscuro, la verdad es que quizá fue el error más grande de LucasFilms el permitirle ser el único que firmara la historia. Es ahí en donde están sus debilidades más grandes, en un guión lleno de escenas intrascendentes, personajes que son sacrificados sin ninguna razón, muchos de los cuales resultaban muy interesantes, pero ni siquiera les da la oportunidad de desarrollarse, como la piloto Paige Tico, que muere en los primeros minutos de la cinta sin siquiera haberle dado un minuto previo de presentación. Uno no entiende por qué es asesinada de manera tan épica, si ni siquiera importa su muerte. Otro problema es que el humor está demasiado forzado y es demasiado idiota. Los nuevos personajes son muy grises y aunque se mejora en algo la presencia de Kylo Ren, uno no puede dejar de verlo como un niño chillón, malcriado y algo jotito, tanto que deja muy bien parado a Scott, el hijo del malvado Dr. Evil, las películas de Austin Powers. No existe ese aliento épico del episodio V, vamos, ni siquiera el heroísmo presente en Roge One, una historia de Star Wars (Rogue One: A Star Wars Story, 2016, Gareth Edwards), quizá la mejor cinta moderna del universo SW.

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A esto, hay que sumarle los momentos ridículos, quizá de los peores de la franquicia, como el vuelo de la princesa Leia, o la introducción de los Porgs, esos bonitos pero insufribles pajaritos ojones que simplemente no tienen razón de ser más que volverse el muñeco de peluche de moda. La ridiculez de esas secuencias es más lamentable que la inclusión de Jar Jar Binks en Star Wars: episodio I – la amenaza fantasma (Star Wars: Episode I – The Phantom Menace, 1999, George Lucas).

Lo más triste, curiosamente, no es que estemos ante un evidente filme mediocre, sino la actitud que ha tomado la crítica: Rotten Tomatoes, ese sitio especializado en sumar las calificaciones de la crítica y el público, nuevamente pone en evidencia su falta de transparencia y posible manipulación. En sus calificaciones le dan un 92% de “frescura”, y días antes de su estreno, la crítica especializada que tuvo la oportunidad de verla, se orgasmeaba al decir que era “la mejor de Star Wars desde El imperio…”, mientras que el público se ha dedicado a destrozarla, dándole un 53% de calidad, es decir, la reprueban. Otros sitios le dan 7/10, 3 estrellas de 5, etc. Es decir, que es un filme que va de regular a algo malo. Al ir apareciendo otras reseñas, poco a poco ha ido descendiendo su “certificado de frescura”, de tal forma que el 100% inicial ha ido descendiendo, como le ocurrió a Liga de la justicia (Justice League, 2017, Zack Snyder), que comenzó su carrera comercial con un 90% aproximadamente, pero al día de hoy, ha bajado hasta un 47%, mientras que el público sigue dándole un 87%, es decir, a ellos sí les gustó. Curioso es que otros sitios le dan una calificación de 8/10, 4 de 5 estrellas, etc. Es decir, algo anda mal con los tomatitos. Si algo he dicho hasta el cansancio es que la crítica de cine en la actualidad está llena de payasos exhibicionistas, que se la pasan gritoneando en sus canales de Youtube, aceptando “payola” o simplemente, evitando hablar mal de los productos de las grandes productoras con tal de recibir un regalito o cortesías para jalar seguidores, y por miedo a perder la oportunidad de ver las cintas antes que nadie, lo cual les permite tener más visitas a sus sitios y blogs, dado que al fan promedio le urge saber si la aventura que le llama la atención vale el costo del boleto. Nuevamente, una cinta demuestra el fracaso de la crítica – si es que todavía se le puede llamar críticos a esos personajes. Le comentaba al querido Juan Carlos Lemus que últimamente estoy encontrando basura en el oro y oro en la basura. Quizá es porque me estoy volviendo viejo o porque he visto tanto cine que me ha vuelto un maldito amargado. Pero lo cierto es que lo que vi, ya no es lo que yo sabía que era Star Wars

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Benicio del Toro, Lupita Nyong’o, Laura Dern, Gwendoline Christie, son algunas de las presencias más desperdiciadas de la película.

Casi al final del filme, un cansado Luke Skywalker platica con un reaparecido Yoda, el cual le dice que los libros sagrados ya no sirven, que las nuevas generaciones saben todo lo que está ahí, que esos sólo son libros y que los deje desaparecer. En resumen, la cinta de Johnson es una analogía del desprecio hacia lo viejo de parte de las generaciones más jóvenes, de la urgencia que hay de encontrar un relevo. Irónicamente, eso viene de parte de una generación que glorifica lo realizado en los 80, una era que creen que fue la mejor, de la que sólo conocen lo que consideran “muy chévere”, como la música en acetato, los videojuegos de 16 bits, el VHS, y sobre todo, las películas, las cuales quieren reproducir y volver a filmar, o hacer secuelas innecesarias. Una persona en un grupo de Facebook me comentó que el cine de alguna manera refleja el espíritu del tiempo en que es filmada. Sin duda, esta producción, es el fantasma de esta época.

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