El gran showman, la más reciente actuación de Hugh Jackman, es un disfrutable pero insulso regreso a la comedia musical de gran producción

 

A Phineas Taylor Barnum (1810-81) se le atribuye la frase “Cada minuto nace un tonto”. Y esto tiene mucho que ver con El gran Showman (The Greatest Showman, 2017, Michael Gracey). Tristemente, debo reconocer que como biopic no funciona. De entrada, sólo se toman algunas partes de la vida de Barnum, cirquero, showman, político y sobre todo, estafador e ilusionista profesional. Si lo que se busca es un análisis sobre el personaje, con rigor histórico, lo mejor es ni acercarse a ella. Aunque bueno, lo menos que puede pedírsele a un musical es el apego a la realidad – con eso de que todos cantamos y bailamos por las calles con coreografías perfectas.

La cinta narra la vida de P.T. Barnum, como hijo de un sastre muy pobre, primero y después como confeccionista de ilusiones y creador de lo que se le llama hoy en día el “show business”. A él se le debe el presentar cualquier basura adornada con luces, música, vestuarios coloridos y demás, así como el hacer propaganda de todo tipo (cosa que no se cuenta en el film) y en todos los medios posibles, hasta las notas falsas (hoy llamadas “inserciones pagadas”) en revistas y periódicos. También se muestra su relación con su esposa e hijas, así como un affaire con la cantante de ópera Jenny Lind – que en realidad era tanto o más bella que en la cinta. De relleno, se cuenta un romance entre el socio de Barnum y una trapecista afroamericana.

Tal vez pueda interesarte: Logan patea a Wolverine

El actor Hugh Jackman comenzó su carrera interpretando a Gastón, en el montaje de su natal Australia del musical Beauty and the Beast, lo cual se nota en su destreza vocal y sus capacidades dancísticas.

Su guion, firmado por Michael Arndt (Pequeña Miss Sunshine/Little Miss Sunshine, 2006, Jonathan Dayton y Valerie Faris), Jenny Bicks (Jamás besada/Never Been Kissed, 1999, Raja Gosnell) y Bill Condon (Dreamgirls, 2008, dirigida por él mismo), no muestra por ningún lado el talento y originalidad demostrado en sus trabajos previos, pero quizá el oficio de Condon seguramente se usó para poder saber en qué momento colocar las canciones, las cuales, de paso, hay que decir que, además del aspecto visual, son el soporte de la película. Las actuaciones de Michelle Williams, Rebecca Ferguson, Paul Sparks y la debutante Keala Settle, excelente actriz de musicales, son muy correctas y sin duda no desmerecen ante la presencia de Hugh Jackman, sobre quien recae el peso de toda la cinta. Aquí, lejos del mutante de garras de adamantium, Jackman se siente como pez en el agua, y a diferencia de su performance en la muy fallida Los miserables (Les Misérables, 2012, Tom Hooper), las canciones se sienten construidas para que pueda demostrar su talento vocal y su capacidad para bailar. No cabe duda que se notan las tablas adquiridas en el teatro musical de su natal Australia. Él es el que logra que el proyecto no se vuelva uno más del montón, ya que con su carisma y rango actoral, logra dotar a su Barnum de cierta humanidad y atractivo que quizá el real no tenía.

La bella actriz sueca Rebecca Ferguson, interpreta a la no menos hermosa Jenny Lind, cantante de ópera también sueca, que fue promovida por Barnum. En la vida real no tuvo ningún flirteo con el empresario. La voz de la actriz fue doblada por la cantante Loren Allred, que fue finalista de The voice.

Regresando al tema de la música, hay que reconocer que es esta la que puede hacer pasable e incluso disfrutable la obra. Benj Pasek y Justin Paul, quienes compusieron las canciones de La La Land (2016, Damien Chazelle), son los responsables. Sus canciones no sólo son pegajosas y pueden incluso escucharse con gusto por separado —no faltarán en muchos Ipads– , sino que dotan al filme de ritmo. Las coreografías son excelentes, aunque algunas se apoyan demasiado en los efectos digitales, lo cual, al reflexionarlo, las hace perder fuerza. El trabajo visual es impecable, no sólo en los decorados sino en la forma que interactúan con las acciones de los personajes, por ejemplo, cuando tiran unos rollos de tela al suelo y forman una especie de abanico de colores, o una coreografía en la que unas sábanas en un tejado son movidas por el viento como si acompañaran a los personajes en su baile. Disfrutable e incluso, memorable, pero sería un engaño digno de Barnum, el pensar que por esto, estamos ante una gran película.

Tal vez pueda interesarte: La La Land: ciudad de sueños sin cumplir

Zendaya Coleman y Zac Efron, ambos salidos de la factoría Disney, son el señuelo para que los milenials,  los adolescentes y el público que veía Glee, se sientan atraídos por la cinta, aunque en realidad, sus actuaciones no están a nivel de los protagonistas.

Aunque tiene muchas fallas en el guion, es un trabajo que sin duda, por lo menos en lo visual y lo musical, dará de qué hablar en las próximas entregas de premios. Mucho se le critica que perdió la oportunidad de mostrar la esencia de Barnum, un tipo al que no en pocas ocasiones se le acusó de ser un explotador de personas con deformidades, de ser un estafador (muchas de sus “atracciones” eran falsas, como la famosa sirena de Fiyi, que en realidad era un cadáver de mono disecado y pegado a la cola de un salmón o la nana de George Washington, la cual era una mujer que decía que tenía 130 años cuando en realidad, era una anciana negra, ciega y muda que compró y que representaba más edad, incluso, se ha mencionado en algunas ocasiones que su “mujer barbuda” era un hombre disfrazado). También hay que reconocer que tiene muchas y muy graves inconsistencia, como la edad de sus hijas. Si se fija uno, es curioso que por el lapso en que ocurren las cosas, las niñas debieran ser unas adolescentes cuando termina el filme, pero sin embargo, por ellas no pasa ni un solo día. Otra cosa más es que fuera de la mulata trapecista, ninguno de sus fenómenos tiene una participación significativa. Solamente la vida de Tom Thumb – el enano de su circo, que era considerado en ese momento el más pequeño del mundo – podría dar para una cinta y sin embargo, se utiliza aquí de relleno y de motivo cómico.

Michelle Williams sorprende porque demuestra que, además de ser una de las mujeres extrañamente bellas de Hollywood y una de sus mejores actrices, puede cantar y lo hace bastante bien.

Muchos críticos se han quejado de que es una película que “no cubre las expectativas”, “que se esperaba más”, “que aunque se quiere parecer a Moulin Rouge (2001, Baz Luhrmann) no le llega ni a los talones”, esto último, como si el mamotreto de Luhrmann fuera la epítome del musical. La verdad es que no tendría por qué cumplir ninguna expectativa. Y si fuera por eso, finalmente cumple con lo que ofrecía ser: Un musical espectacular, para evadirse un rato y creado para que se luzca Hugh Jackman. Nunca se prometió una obra maestra y sin embargo, si se vendió como algo, fue que las canciones eran de los creadores de La La Land, y lo cumplieron. Además, siendo realistas, ninguna de las películas estrenadas en el año cumplieron con las “expectativas”, como si los estudios estuvieran preocupados por crear clásicos de los que la gente platique en el café o que sean aplaudidos por la crítica y premiados en todos los festivales y entregas de premios. La actitud tomada por la crítica, otra vez, peca de naif e insulsa. A los estudios sólo les interesa ganar dinero, ya que con él pueden comprar premios y también críticos que alaben sus productos, bueno, en realidad pueden comprar regalitos y playeras, y organizar premieres y alfombras rojas a las que los inviten para que hablen bien de sus productos. Mientras el público salga pensando que no lo timaron porque se rió o le dieron ganas de llorar, ellos están más que bien servidos. Bien dice la frase: “Cada minuto nace un idiota”, misma que en realidad acuñó un tal David Hannum para criticar a P.T. Barnum. Así que sí. Cada minuto hay uno nuevo.

THE END MAGAZINE

  • nanocon0r

    Los Miserables, con un vaso largo de Disney Channel, The Voice y Michael Jackson, sírvase frío.