La forma del agua, la última producción del director mexicano, Guillermo del Toro, se levanta en los festivales como la obra cumbre del realizador.

Con La forma del agua (The Shape of Water, 2017), Guillermo del Toro recibe por primera vez el reconocimiento de Hollywood a una obra coherente a su forma de pensar. Su discurso agradeciéndoles a sus monstruos, confirma la coherencia del autor ante su obra. Cada una de sus cintas son partes de una compleja maquinaria que comenzó a construir mucho antes de Cronos (1993), su primera y única película mexicana. Desde sus primeros cortos escolares y sus capítulos para La hora marcada, una peculiar serie de tv de los años 80, se veía un tremendo y profundo amor por esos personajes que viven en casas abandonadas, en drenajes, en laboratorios, en otro plano astral y ahora también en el agua.

Quizá te interese: LA FORMA DEL AGUA TRAE DE VUELTA A GUILLERMO DEL TORO

La forma del agua

La forma del agua es quizá la pieza norteamericana más hermosa visualmente del realizador.

La cinta cuenta la historia de una mujer – una espléndida y encantadora Sally Hawkins – muda y solitaria, que trabaja como afanadora en un laboratorio ultra secreto al que llevan a un extraño ser marino de forma humanoide, a principios de los años 60. Al mismo tiempo que la fémina se empieza a relacionar con el engendro marino, unos espías soviéticos intentan apoderarse de él.

Doug Jones ha trabajado con Del Toro en Mimic, El laberinto del Fauno, Hellboy 1 y 2 y La cumbre escarlata. En La forma del agua interpreta a la criatura marina, que muchos creyeron era Abe Sapiens, de Hellboy.

Como pieza en solitario, la cinta vale menos que como parte de una obra, por más que se esmeren los críticos en considerarla “la obra maestra de Del Toro”. Eso sí, estamos ante la primera gran película norteamericana del director. Hasta el momento, solamente La cumbre escarlata (Crimson Peak, 2015) le había permitido al director acercarnos a su peculiar forma de ver el mundo, aunque había atisbos en Mimic (1997), Hellboy (2004) y Hellboy 2: The golden army (2008). Ni Blade II (2002), ni mucho menos Pacific Rim (2013), dejan ver a Del Toro en toda su magnificencia, aunque son espectáculos sorprendentes que permitieron a su autor penetrar en el ideario norteamericano.

La cumbre escarlata es el primer intento de adaptar esa oscura forma de ver la realidad del director, muy hermanada a El espinazo del diablo (2001), con la que parece compartir no sólo la temática sino el mismo universo. La forma del agua, sin dudas, va más allá, y parece crear una trilogía con Cronos y El laberinto del fauno (2006), la que es en realidad su obra maestra. En ella se pueden ver amalgamadas todas las obsesiones del director: la fascinación con los monstruos, clásicos (el vampiro, el hombre lobo, la momia, etc.), mitológicos (el fauno, los fantasmas, los ogros) y hasta modernos (los kaiju). Para el autor son seres puros, diferentes y por lo mismo, deben esconderse. Los hombres, sin embargo, son las verdaderas bestias, la semilla del mal, los que tienen la capacidad de destruir sin razón, y más si son criminales, racistas, supremacistas o gente autoritaria y con poder. Otra de sus constantes es el buen humor, un tanto corriente, muy mexicano (“si los pedos fueran elogios, sería un verdadero Shakespeare”), lo cual sabe alternar con momentos dramáticos.

Esto último está presente desde Cronos, en la extraordinaria escena de la funeraria, y se repite una y otra vez durante su cine. Los personajes inocentes y puros (mudos, autistas, muy fantasiosos o simplemente callados), enfrentados al mundo que no los comprende y que se pueden entender mejor con los monstruos, son otra de sus características recurrentes. En Cronos es la nieta del anciano vampiro, en Mimic es el niño autista, en El laberinto… es la niña que habla con el fauno. Esto es más que evidente en La forma…, pero además, permite meter nuevas temáticas al director, llevando  más allá el amor por la bestia. Aquí hay por primera vez en su cine una sexualidad explícita. Sus personajes lo expresan abiertamente y el amor entre la mujer y el monstruo, pierde esa discreción que se veía, por ejemplo, en Hellboy y lo hacen a cámara, pero sin caer en el mal gusto.

Otra cosa que llama la atención es que hay una declaración política. Strickland (personaje interpretado por un excelente Michael Shannon), es un supremacista, racista, católico y prepotente, que intenta destruir al monstruo simplemente porque cree que Dios no pudo haber creado a un ente así, e incluso, le dice a una mujer negra: “Dios nos hizo a su imagen y semejanza, hasta a usted, pero más a imagen y semejanza mío”. Sin duda, Del Toro aprovecha el filme y la situación política que se vivía en EU en plena Guerra Fría, para hablar de lo que acontece hoy mismo durante el mandato de Donald Trump. Su criatura es una metáfora del que es diferente, del mexicano, del “dreamer”, más que una reelaboración moderna de La bella y la bestia.

Quizá te interese: CUANDO EL LEÓN SE POSTRÓ ANTE EL TORO

La forma del agua

El cortometraje The Space Between Us comparte mucho del filme de Del Toro. Ganó varios premios de ciencia ficción, por lo que, tristemente, pudo ser visto por el realizador tapatío.

Al ver la cinta, uno puede echar un vistazo a lo que habría pasado si el realizador tapatío se hubiese hecho cargo del Dark Universe de Universal Pictures, ese proyecto fallido de revivir a los monstruos clásicos del estudio. En el proyecto original, el creador mexicano iba a producir todos los filmes y se iba a encargar del remake de El monstruo de la laguna negra (Creature from the Black Lagoon, 1654, Jack Arnold) pero a finales de cuenta, por diferencias creativas, se volvió uno de tantos proyectos fallidos del director. También, si uno es un poco arqueólogo, podrá encontrar plasmadas las ideas que existían en el “gordo” desde el comienzo de su carrera. En un capítulo de la serie de tv, La hora marcada, dirigido por él, llamado De ogros, se encuentra la semilla del esta obra. En él, una niña maltratada por su padre alcohólico entabla amistad con un ogro que habita una coladera. Al final, la chiquilla es adoptada por la criatura y viven felices en las cañerías.

Por desgracia, no todo es miel sobre hojuelas, y un pequeño detalle debe de haber siempre. Hace unos días, de esas casualidades del destino, encontré, gracias a un usuario de Facebook, un cortometraje estudiantil titulado The Space Between Us (2015, Marc S. Nollkaemper), que narra la historia de una mujer que trabaja en mantenimiento en un laboratorio en el futuro. De pronto, descubre recluida en él a una hermosa criatura marina y decide ayudarla a escapar. Al final, la chica y el ser se quedan viviendo juntos en el fondo del mar. Anecdóticamente, así como visualmente, mas no del todo estilísticamente, es muy parecida a la obra del mexicano. No quiero ser yo quien juzgue si es o no una coincidencia, ya que no sería la primera vez que Hollywood juega a la “casualidad creativa” – y Disney/Pixar saben de lo que hablo. Pero a finales de cuenta, La forma del agua es la consolidación de Del Toro como quizá el mejor autor fantástico de la historia.

THE END MAGAZINE