Ready Player One: Comienza el Juego, la última cinta de Spielberg, es su filme más exitoso de los últimos 20 años y también un extraño auto homenaje.

 

Reconozco que a veces he odiado a Spielberg. Muchas de sus cintas son tan melosas que terminas asqueado. Pero si algo tiene es que a diferencia de los actuales directores, es que más que un creador de cintas escapistas, es un diseñador de espectáculos que puede sobrepasarse a sí mismo si se lo propone. Por desgracia, también, en su caso son más importantes las partes que la pieza completa. Desde sus primeros trabajos demostró tener una capacidad superior a la de sus contemporáneos (y hoy en día que sus no tan contemporáneos) para ensamblar escenas con una habilidad tal que solamente algunos maestros como John Ford, Sam Peckinpah o John Frankenheimer lo han logrado. Lógicamente, estos y otros grandes genios fueron mamados por el realizador – prácticamente un autodidacta – de forma impulsiva. Pero sin duda, es David Lean el que más lo ha influenciado, de tal forma que él mismo reconoce que su obsesión es llegar a lograr algo a la altura de Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962). Y vaya que lo ha intentado, pero por desgracia, Ready Player One: Comienza el Juego (Ready Player One, 2018) no es con la que lo conseguirá.

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La novela homónima de Ernest Cline fue la base de la cinta. Se dice que causó tal furor entre el mundo editorial que antes de publicarse ya se habían vendido sus derechos cinematográficos, y varios estudios y directores estuvieron interesados en adaptarla. El escritor quedó más que complacido con la selección de Steven Spielberg, ya que gran parte de su texto estaba pensado como homenaje al famoso director.

 

Basada en la novela homónima de Ernest Cline y escrita por él mismo y Zak Penn (guionista de Avengers, 2012 y Last Action Hero, 1993), cuenta sobre un futuro distópico en el que la población prefiere pasar más tiempo en un juego virtual llamado Oasis (algo así como una versión con esteroides de Second Life). Su creador, después de morir, deja un video en el que comunica a los jugadores que colocó 3 llaves en el juego y que quien las encuentre será el nuevo dueño del mismo.

La cinta es una especie de auto homenaje del director. Hay escenas de prácticamente toda su filmografía tanto como realizador como productor. Por ahí se puede ver el T-Rex de Jurassic Park (1993), el DeLorean DMC-12, de Back to the Future (1985, Robert Zemeckis), la caja que transporta a Guizmo, de Gremlins (1984, Joe Dante) o el poster de Raiders of the Lost Ark (1981), entre otras cosas, perdidas entre miles de referencias o menciones a toda la cultura pop (y no tan pop), que van a clásicos fílmicos como The Shining (1980, Stanley Kubrick), Citizen Kane (1941, Orson Welles) o King Kong (1933, Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack), hasta modernos videojuegos como Halo y Street Fighter, o cualquier referencia geek que se pueda imaginar (Batman, Fredy Kruger, Voltron, Meka-Goodzilla, el cubo Rubik. Lo que imagines (juraría que vi al Chapulín colorado por ahí). Y es verdad que sólo una mente y una habilidad como la de Spielberg podrían ordenar el enorme caos que significa el “Oasis”. Los efectos visuales son deslumbrantes y aunque un despistado quizás objetaría que el CGI se ve como videojuego de 3ª generación, lo cierto es que el director está consciente de esto y lo vuelve muy evidente al hacernos observar que estamos en un mundo falso, más cercano a un X-Box que a las animaciones híper realistas que se pretenden usar en el cine actual (que de todos maneras se ven generadas por computadora). El mundo “real”, como lo refleja el creador de Tiburón (1975), es un lugar triste y deprimente, en el que las corporaciones tecnológicas controlan todo, desde los gobiernos hasta la policía. Hay una naciente disidencia, que utiliza el Oasis, como en Matrix (1999, Lana y Lilly Wachowski), para iniciar su rebelión y por ahí se llegan a ver chispas de crítica a la manipulación y enajenación de la población. El ser dueño del universo virtual significa gobernar en el mundo real, por lo tanto, un oscuro empresario busca su control insistentemente. Y como en todas las fantasías distópicas contemporáneas, hay un mesías, émulo adolescente de Neo y Jesucristo, que es el único que puede evitar que el mando caiga en malas manos. La fotografía de Janusz Kamiński, omnipresente en las cintas de Spielberg, es más que correcta. John Williams, quien ha colaborado en prácticamente toda lo hecho por del creador desde The Sugarland Express (1974), cede la batuta a Alan Silvestri, quien es recordado principalmente por la música de Back to the Future (1985, Robert Zemeckis), quizá porque dicho filme es una de los más referenciados en la película. La edición es deslumbrante y las actuaciones, aunque con personajes un tanto monopsicológicos, son impecables, además que se nota el nivel de detalle al momento de filmar sus expresiones, característico del director.

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La obra está pensada como un homenaje a la cultura “pop” y en ella, algunos obsesivos, han llegado a contabilizar más de 240 referencias a muchísimos trabajos, desde videojuegos, películas, cómics, mangas, animés, bandas de rock y juguetes. Sólo existen 2 referencias a Marvel, competencia directa de DC Comics, empresa hermana de Warner Bros., productora del trabajo. Se nombran de repente a Peter Parker y a Bruce Banner, aunque nunca aparecen en escena.

 

Pero no todo es bueno en la cinta. Por desgracia, el nivel de referencias llega a ser tal, que por momentos el espectador está más interesado en lo que pueda encontrar en el Oasis que en lo que ocurre fuera de él, de tal manera que llega a importar muy poco el que la familia del protagonista sea asesinada o que exista represión y cárceles ilegales privadas. Al final, la ñoñería del realizador le gana y como acostumbra, el desenlace está lleno de miel y optimismo forzado. No quiero “spoilear”, pero de antemano, uno sabe que siempre habrá un final “spielbergiano” en una obra de Spielberg, y en este caso no es la excepción. Eso sí, se agradece que el realizador haya elegido usar el libro para hacer solamente un filme y no para una trilogía, con una 3a parte dividida en 2 películas, de 3 horas de duración cada una. Se rumora que ya viene un Ready Player Two, pero mientras llega, por lo menos se puede disfrutar la primera entrega como una obra independiente y no como un segmento de una especie de telenovela cinematográfica.

 

James Halliday, creador del Oasis, está basado en Steve Jobs, inventor de la computadora Macintosh, el iPad y el iPhone.

 

Y aunque la premisa de mundos virtuales que son más interesantes que la realidad no es nada nuevo – ya lo hizo previamente David Cronenberg en Videodrome (1983) y eXistenZ (1999) y por supuesto, las Wachowski en su trilogía de Matrix – el señor sabe muy bien cómo crear un espectáculo deslumbrante e inteligente. En estos días en que el cine de Hollywood está plagado de fantasías adolescentes, en las que los adultos son los enemigos a vencer, si bien la creación del padre del E.T. (1982) se inscribe en estos parámetros, por lo menos estamos ante un trabajo lúcido, bien planteado y sobre todo, entretenido. De todas formas, prefiero al Spielberg de Munich (2005) o Indiana Jones, que al de Ready Player One.

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